
José Ángel Martos, peridodista.
Durante 85 largos años, Tutankamón ha copado los sueños del gran público que mira hacia el país de las pirámides con los ojos de la imaginación. En 1922 Howard Carter abrió su tumba y comenzó la egiptomanía contemporánea. Monarcas de mayor calado permanecen en el olvido, por no haberse encontrado un tesoro comparable al del joven Tut.
Ahora, parece que la historia quiere hacer justicia y, tras una larga sequía de descubrimientos espectaculares, se ha anunciado la identificación de la momia de uno de los personajes más merecidamente importantes que ciñeron la corona de este gran imperio de la Antigüedad. Además, fue una mujer: la reina Hatshepsut. Se trata, pues, de un doble acto de justicia, porque, aunque solo hubo cinco mujeres que alcanzaron la dignidad faraónica, masculina por tradición, las que lo lograron tuvieron idénticos poderes que sus homólogos varones. Otras, como regentes, actuaron en momentos clave. Ahí está el ejemplo de Ahhotep, que dirigió los ejércitos contra la dinastía extranjera de los hicsos.
De todas ellas, sin duda Hatshepsut fue la que amasó un legado más perdurable, perceptible a simple vista en su templo funerario en Deir el-Bahari, un fenomenal complejo aterrazado enmarcado entre grandes y serradas montañas, que parece concebido por la creatividad de un arquitecto estrella del siglo XXI, una cualidad que tuvo su autor, el misterioso Senenmut, quizás amante de la reina.
Tan solo un diente roto arrinconado en una caja olvidada en ese gran templo funerario de Hatshepsut ha permitido asignarle momia a la reina. Un asidero para que la egiptología tire del hilo de Ariadna y avance otro paso en el trazado de un dibujo más completo de esta fascinante etapa histórica.
Algo parecido ocurre con otra mujer a cuyo esquivo destino la arqueología también pone cerco: Cleopatra, la última reina de Egipto, la amante de Julio César y Marco Antonio, la inteligente estratega política que tomó un país en decadencia y a punto estuvo de insuflarle la gloria pasada. Un auténtico mito que ha perdurado sin necesidad de hallar su última morada. Zahi Hawass, el egiptólogo que ha identificado la momia de Hatshepsut, lleva tiempo anunciando la posible ubicación de la tumba de Cleopatra en un poco conocido templo, Taposiris Magna, a 45 kilómetros de Alejandría. Allí reposaría junto a Marco Antonio, en una disposición sepulcral con la que la pareja emularía a Isis y Osiris.
Estos descubrimientos nos dan un baño de humildad: comprobamos los logros de una civilización que, hace bastantes milenios, tenía a las mujeres en la más alta consideración. Allí las más inteligentes, como Hatshepsut o Cleopatra, podían desarrollar todas sus potencialidades. Una importante lección, todavía hoy.

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